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7 may 2013

EL CAMINO DE FE DE MARIA

El camino de FE de María

 Material extraído de MAUXI

mes de mara

Aunque el dato es obvio, uno no siempre cae en la cuenta: el NT presta escasa atención a María, la virgen de Nazaret (Lc 1,26-27), la madre de Jesús (Jn 2,1). Resulta notorio el desequilibrio que existe entre la veneración entusiasmada que la iglesia tributa a la madre de Dios y el tratamiento esporádico que su figura histórica ha recibido en la tradición evangélica. El hecho, si advertido, da que pensar.
No son pocos los cristianos que quedan sorprendidos, si es que no defraudados, cuando se percatan de la escasa atención que presta a María la Palabra de Dios. Pasan por alto dos hechos, que - más que explicar tal desinterés - ayudan a centrar la devoción por la madre de Jesús en el corazón mismo del evangelio.

(descarga aquí una oración-reflexión para su mes)

No puede ser casual que hayan sido los evangelios los únicos libros del NT que nos recuerdan a María y su aventura de fe. No podía haber quedado la evocación canónica de María mejor colocada; allí donde los primeros testigos recogieron cuanto sabían sobre "todas las cosas que Jesús desde un principio hizo y enseñó" (Hch 1,1), no pudo faltar María. La memoria apostólica de Jesús ha rescatado - ¡y para siempre! - del olvido a María. Por sobria que se nos antoje su presencia en la tradición apostólica o poco relevante el papel que allí se le asigna, el hecho es que ello mismo obliga a mantener cercano al Cristo del evangelio a quienes deseen acercarse a la virgen de Nazaret. Lo que significa que para ser, en verdad, mariano, el creyente ha de ser más evangélico.

 No es fruto del azar, tampoco, el que hayan sido Lucas y Juan los dos evangelistas más recientes, los más próximos a nosotros – es un decir – y más alejados de los hechos que narran, quienes nos han transmitido, más que retrato de su persona, un esbozo de su aventura de fe. Cuanto más débil se estaba haciendo la memoria apostólica, más nítida aparece en ella la figura de María; cuanto más probada la fidelidad de las comunidades cristianas, más modélica la peregrinación creyente de María (Lucas) y más eficaz su acompañamiento en la vida de fe de los discípulos de su Hijo (Juan). Las primeras generaciones cristianas que descubrieron a María como creyente ejemplar y madre de discípulos fieles, vivían acosadas en su fe y tentadas por el aparente abandono de su Señor. Su devoción por María no fue pasatiempo inútil ni juego de sentimientos; fue, y debería seguir siéndolo hoy, ocupación para tiempos difíciles.

El camino mariano hacia la fe

Pues bien, si es evidente que la vinculación con Jesús define a María dentro de la tradición evangélica, no es menos obvio que esta relación no permaneció indiferenciada a lo largo de la vida de Jesús. Fue, lógicamente, más estrecha en los inicios, antes y después del nacimiento, poco familiar durante la época del ministerio público, y apenas si hubo algún contacto en los momentos finales, durante la semana de su pasión y resurrección.

El camino de fe de María pasó, pues, por diversas fases que dependieron más de la vida de Jesús y sus urgencias que de las necesidades de María o de sus expectativas; cada paso que María daba en su peregrinación como creyente estaba determinado por las exigencias de su Dios. Pero todos los pasos tuvieron un lugar de realización; la experiencia mariana de Dios fue siempre una experiencia situada en un espacio de su tierra, en un momento de su vida: hacer a Dios propia carne no la obligó a hacerlo fuera de sí y de los suyos; hacerlo hijo de su entraña no le impuso hacerlo ajeno a su hogar. El Dios de María es siempre un Dios compatriota, porque comparte vida y patria, salvación y casa. Lejos de la propia tierra y de la existencia propia, no se contacta con un Dios que lo es junto a nosotros, allí donde estemos: Emmanuel fue el nombre del hijo de María, del hijo de Dios (Mt 1,23).

No es sano método inventar hoy lo que la tradición quiso callar, aunque haya dejado algo desdibujada la imagen bíblica de María. Cuanto mayor respeto nos merezca la versión apostólica del peregrinaje mariano de fe, tanto mejor es su enseñanza y tanto mayor será nuestra cercanía a su aventura real. De poco sirve dejar hablar al corazón, por piadoso y bienintencionado que esté, cuando ya ha hablado Dios.

La María del NT, es decir, la virgen de Nazaret fue mujer de fe. Es la creyente que, evangelizada antes de que naciera el evangelio de Dios, lleva la salvación a quien se pone a servir tras declararse sierva sólo de Dios. En el servicio al prójimo encuentra la ocasión de su oración, que publica su propia experiencia de Dios; experta en el Dios al que ha dado cobijo en su seno, se convierte, orando, en profeta. En el momento de alumbrar al hijo que fue posible por su fe, lo que de él se decía la sume en la incomprensión; cuanto más se le anuncia el porvenir de su hijo, menos coincide con cuanto se le había predicho para lograr su consentimiento primero. Tendrá que iniciar un camino durante el cual crece Dios en su hijo y la oscuridad en su corazón. La pérdida de Jesús niño en el templo es signo premonitorio de una vía aún más doloro­sa: tendrá que convivir en casa con un hijo que se sabe de Dios, pero que le está su­jeto por un tiempo. El distanciamiento – efectivo y afectivo – se hará palpable, cuando Jesús deje el hogar para tener el reino como tarea de por vida; Jesús elige como familia propia a los oyentes de Dios..., ¡en presencia de su madre y sus hermanos!. Y antes de morir, y sin pedirles su consentimiento y sí obediencia, dejará a la madre al cuidado del discípulo más amado. En su última aparición dentro del NT, María se queda compartiendo esperas y oración con los apóstoles; la comunidad apostólica en oración es la meta de su peregrinar: lo que se inició en Nazaret, en medio de un diálogo a solas con un ángel, termina en Jerusalén en medio de apóstoles orantes y expectantes.

Semejante aventura personal de fe hace a la María del NT la mejor pedagoga para infancias, la de Jesús, la de la fe de los discípulos, la de la comunidad cristiana. María pertenece allí donde haya de nacer el Salvador, o donde se precise cuidar sus primeros pasos viéndolo crecer. Habría que recuperar, pues, a María, la del NT, allí donde se quiere anunciar hoy la salvación y vivir de su evangelio. María pertenece allí donde haya de nacer la fe en el corazón de los discípulos, aunque sea a costa de anticipar el día del Señor y su gloria. Quienes siguen a Jesús hoy necesitan tener a María como compañera de vida si quieren, curándose de su curiosidad, convertirse en creyentes. María pertenece allí donde nace la iglesia, llena de miedos y de esperanzas, en ora­ción y entre apóstoles. Huérfana de María, no podría una comunidad que se sabe en­viada al mundo soportar la espera del Espíritu sin perder la esperanza.

Selección de textos del artículo María de Nazaret, mujer de fe. Estaciones de su camino de fe. del P. Juan José Bartolomé sdb (2004)

12 nov 2012

¿Hasta dónde debe llegar la fe de un creyente?

 
En nuestro tiempo es necesaria una renovada educación en la fe, que comprenda ciertamente un conocimiento de sus verdades y de los acontecimientos de la salvación, pero que sobre todo nazca de un verdadero encuentro con Dios en Jesucristo, de amarle, de confiar en Él, de forma que toda la vida esté involucrada en ello. Tener fe significa también obedecer (¡qué fea suena esta palabra a muchos oídos!). 
Ahora, una pregunta: ¿Hasta donde ha de llegar la fe de un creyente? ¿Debemos aceptar cualquier cosa si viene de Dios?
Cualquier día normal, si me encuentro esta pregunta pienso: “¡Qué bien! La conversación va a ser estupenda, y muy productiva.” Pero hoy no era un día normal, así que mi respueta fue de lo más clara: “Muy buena pregunta. Si viene de Dios, no es cualquier cosa.”
De verdad, la pregunta me parece  una maravilla, al margen de lo acertada o no que sea mi respuesta. Porque creo que está latente en el corazón de muchos creyentes a la hora de acercarse a la voluntad de Dios. La pregunta iluminará sin duda a muchos cristianos, que también se preguntan lo mismo, y deberían tener la valentía de hacerse eco de estas cuestiones interiores, y buscar luz. Sinceramente, creo que opté por la respuesta mejor dadas las circunstancias, y más allá de la espontaneidad y el juego de la misma. La voluntad de Dios no es un añadido espiritual a la vida de fe, accidental para unos o nuclear sólo para unos pocos, sino algo que es considerado como fundamental siempre. Claro está que la pregunta, en cualquier caso, no responde siempre al mismo contexto: unos buscan la voluntad de Dios por temor a fallar, otros impresionados por su Misterio y como signo de autoridad en sus vidas, otros por una posible vida moralizada desde pequeños, otros por la comodidad de encontrar una respuesta simple y facilona a su propia vida, otros por amor, otros como muestra del Señorío de Dios en su vida. Entonces, ¿hasta dónde puede llegar la fe de un creyente? Y mi respuesta es ahora: “Hasta la comunión con Dios, hasta la unidad con Dios, hasta la cercanía máxima con Dios.” Por lo tanto, ¿debemos aceptar cualquier cosa si viene de Dios? Y mi respuesta la dejaría nuevamente clara: “Si viene de Dios, ¡acéptala! Pero no te confundas, porque atribuir a Dios lo que no es de Dios se llama idolatría, y Dios nunca quiere “cualquier cosa” para los suyos, sino que su designio se ha revelado como misterio de salvación y de amor. Estos serán entonces los signos que hay que discernir en relación a esta cuestión. Si obran para la salvación, si están regidos por el amor. Si no son ni para la salvación, ni para el amor, claramente no son de Dios. Porque Dios no entretiene a sus hijos, sino que entrega al Hijo. Y esto, que quizá nos pueda parecer “cualquier cosa” de tanto repetirlo y verlo, el día que se hace verdad en nuestra existencia y nos enfrentamos a un amor tan grande, deja de ser “lo de siempre” para sustentar un acontecimiento único de comunicación y revelación de Dios mismo en nuestra propia vida.”
Para buscar la voluntad de Dios, aprovechando la pregunta que me han hecho en Twitter, diría lo siguiente:
  •     Lo primero, buscar la libertad como obediencia a uno mismo, no como liberación de todo sino en la línea de la fortaleza de la voluntad. Algo que se debe conjugar con la rectitud de corazón y la bondad del mismo. Seremos enviados como “corderos en medio de lobos”; palabra que no se refiere tanto, quizá, a la maldad del mundo como a la necesidad de que el enviado sea un “cordero”, que no cambie su forma interna, ni se transforme en aquello que no es.
  •     Lo segundo, educarse en el discernimiento. Y como toda educación, necesita un Maestro. Lo cual nos pone, directamente, en manos de Dios y de la oración, ese tiempo de silencio en el que ciertamente lanzo una pregunta al Señor y espero respuesta de su parte. Palabra que, por otro lado, no suele hacerse esperar, sino que más bien viene pronto y de forma eficaz para quienes la acogen. Siempre podemos estar sordos, o perder la mirada, o distraernos. Pero Dios en su lenguaje y diálogo con el hombre es persistente. Le habla a su modo y manera, por medio de signos, mediaciones y palabras, y en ocasiones, no pocas, directamente al corazón.
  •     Dentro de la educación para el discernimiento, como todo en esta vida, la soledad viene a ser motivo de confusión y de manipulación, gracias a las cuales puedo hacer y decir lo que quiera de otras personas, pensar e imaginar por mi cuenta y riesgo. Así que, sinceramente y con mucha humildad, reconozco que lo mejor en mi vida ha sido tener y disponer de personas con quienes hablar a corazón abierto en esta línea, preferentemente para poner orden donde había desorden y confusión, y atreverme a “llamar por su nombre” algunas cuestiones que por pudor, vergüenza, miedo o responsabilidad no es tan fácil ni siquiera “decirse” en libertad asumiendo las consecuencias. Porque este “decirse y aceptar” es clave en todo discernimiento. Una vez que reconocemos como venido de Dios algo, sin duda alguna al mismo tiempo se crea la capacidad y la necesidad de responder.
  •     Por último, el diálogo se hace acuciante en los tiempos de oscuridad, debilidad y noche, sean o no fruto del pecado o de los procesos de conversión personales. Dicho de otro modo, hay tiempos fuertes en la propia vida donde requerimos y demandamos en nuestras propias búsquedas que otros enciendan sus linternas porque nos hemos quedado sin pilas o vamos fundidos por la vida, o compartan con nosotros, de nuevo, la llama que un día se encendió que ahora se muestra vacilante. Una ocasión más que propicia para encontrar gente estupenda y maravillosa en quien confiar como venidos de la mano de Dios. Y de quienes depende esencialmente mucho. ¡Qué responsabilidad!
  •     Y como PD, amar a Dios antes de preguntarle qué quiere de nosotros. Buscar el motivo por el que hemos de preguntarle, dicho de otra manera, qué podemos hacer por Él.
Volviendo, para terminar, a la pregunta de este twittero simpático, diría, para mayor confunsión de unos y aclaración de otros que la fe de un creyente debe ser asentada y cultivada, evangélicamente prudente y dueña de sí misma; una fe sin libertad ni razón no es humana, como tampoco es “claramente” de Dios. Otra cosa es que la fe sea una locura para el mundo o para tantos, y que responda a una lógica más fuerte que la de la seguridad, similar a la lógica del amor apasionado y del amor agradecido y entregado. Y, a la segunda pregunta, decir que claramente no debemos aceptar cualquier cosa de Dios, ni a la primera, ni a la segunda. Mantengo que Dios no pide nunca cualquier cosa, aunque algunas veces no comprendamos bien sus designios, porque no está en juego nuestra propia vida, sino también la de otros. Mantengo que Dios más que mandar a los hombres “cosas”, se da a sí mismo. O así al menos lo aprendo en la Eucaristía, como fuente y culmen de todo lo de Dios.
 En base a un artículo de P. José Fernando Juan (mambre.wordpress.com) y otras fuentes.

25 abr 2012

Estar alegres es una forma de dar gracias

Con nuestra alegría hacemos bien a nuestro alrededor

En estos días seguimos disfrutando de la alegría pascual, que culminará su ciclo en la fiesta de Pentecostés, aunque se renueva cada Domingo en la Eucaristía. Sabemos que la alegría verdadera no depende del bienestar material, de no padecer necesidad, de la ausencia de dificultades, de la salud. La alegría profunda tiene su origen en Cristo, en el amor que Dios nos tiene y en nuestra correspondencia a ese amor.

«Yo les daré una alegría que nadie les podrá quitar», dijo Jesús, según recoge el evangelista San Juan. Efectivamente, nadie, ni el dolor, ni la calumnia, ni el desamparo, ni las propias flaquezas, si volvemos con prontitud al Señor, nos podrán apartar de la alegría verdadera. La única condición que nos pone el Señor es que no nos separemos nosotros de Él, que no dejemos que las cosas no separen de Dios. Que nos sepamos hijos de Dios, en todo momento.
Estar alegres es una forma de dar gracias a Dios por los innumerables dones que nos hace. Con nuestra alegría hacemos mucho bien a nuestro alrededor, pues esa alegría lleva a los demás a Dios. Dar con alegría será, con frecuencia, la mejor muestra de caridad para quienes están a nuestro lado.
HOGARES ALEGRES
Muchas personas podrán encontrar a Dios en nuestro optimismo, en la sonrisa habitual, en una actitud cordial. Dios quiere que el hogar en el que vivimos sea un hogar alegre. Nunca un lugar oscuro y triste, lleno de tensiones por la incomprensión y el egoísmo. Una casa cristiana debe ser alegre, porque la vida sobrenatural lleva a vivir esas virtudes -generosidad, cordialidad, espíritu de servicio-, a las que tan íntimamente está unida la alegría. Un hogar cristiano da a conocer a Cristo, de modo atrayente, entre las familias y en la sociedad.
ALEGRÍA, EN EL TRABAJO Y EN LA CALLE
También debemos procurar llevar esta alegría serena y amable a nuestro lugar de trabajo, a la calle, a las relaciones sociales. El mundo está triste e inquieto y tiene necesidad, ante todo, de la paz y de la alegría que el Señor nos ha dejado. ¡Cuántos han encontrado el camino que lleva a Dios en la conducta cordial y sonriente de un buen cristiano!
José Manuel Ardións (España).

22 feb 2012

Miércoles de Ceniza

Con la imposición de las cenizas, se inicia una estación espiritual particularmente relevante para todo cristiano que quiera prepararse dignamente para la vivir el Misterio Pascual, es decir, la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor Jesús. 
Este tiempo vigoroso del Año Litúrgico se caracteriza por el mensaje bíblico que puede ser resumido en una sola palabra: "metanoeiete", es decir "Convertíos". Este imperativo es propuesto a la mente de los fieles mediante el rito austero de la imposición de ceniza, el cual, con las palabras "Convertíos y creed en el Evangelio" y con la expresión "Acuérdate que eres polvo y al polvo volverás", invita a todos a reflexionar acerca del deber de la conversión, recordando la inexorable caducidad y efímera fragilidad de la vida humana, sujeta a la muerte.
La sugestiva ceremonia de la ceniza eleva nuestras mentes a la realidad eterna que no pasa jamás, a Dios; principio y fin, alfa y omega de nuestra existencia. La conversión no es, en efecto, sino un volver a Dios, valorando las realidades terrenales bajo la luz indefectible de su verdad. Una valoración que implica una conciencia cada vez más diáfana del hecho de que estamos de paso en este fatigoso itinerario sobre la tierra, y que nos impulsa y estimula a trabajar hasta el final, a fin de que el Reino de Dios se instaure dentro de nosotros y triunfe su justicia.
Sinónimo de "conversión" es así mismo la palabra "penitencia"... Penitencia como cambio de mentalidad. Penitencia como expresión de libre y positivo esfuerzo en el seguimiento de Cristo.

Tradición
En la Iglesia primitiva, variaba la duración de la Cuaresma, pero eventualmente comenzaba seis semanas (42 días) antes de la Pascua. Esto sólo daba por resultado 36 días de ayuno (ya que se excluyen los domingos). En el siglo VII se agregaron cuatro días antes del primer domingo de Cuaresma estableciendo los cuarenta días de ayuno, para imitar el ayuno de Cristo en el desierto.
Era práctica común en Roma que los penitentes comenzaran su penitencia pública el primer día de Cuaresma. Ellos eran salpicados de cenizas, vestidos en sayal y obligados a mantenerse lejos hasta que se reconciliaran con la Iglesia el Jueves Santo o el Jueves antes de la Pascua. Cuando estas prácticas cayeron en desuso (del siglo VIII al X), el inicio de la temporada penitencial de la Cuaresma fué simbolizada colocando ceniza en las cabezas de toda la congregación.
Hoy en día en la Iglesia, el Miércoles de Ceniza, el cristiano recibe una cruz en la frente con las cenizas obtenidas al quemar las palmas usadas en el Domingo de Ramos previo. Esta tradición de la Iglesia ha quedado como un simple servicio en algunas Iglesias protestantes como la anglicana y la luterana. La Iglesia Ortodoxa comienza la cuaresma desde el lunes anterior y no celebra el Miércoles de Ceniza.


Significado simbólico de la Ceniza
La ceniza, del latín "cinis", es producto de la combustión de algo por el fuego. Muy fácilmente adquirió un sentido simbólico de muerte, caducidad, y en sentido trasladado, de humildad y penitencia. En Jonás 3,6 sirve, por ejemplo, para describir la conversión de los habitantes de Nínive. Muchas veces se une al "polvo" de la tierra: "en verdad soy polvo y ceniza", dice Abraham en Gén. 18,27. El Miércoles de Ceniza, el anterior al primer domingo de Cuaresma (muchos lo entenderán mejor diciendo que es le que sigue al carnaval), realizamos el gesto simbólico de la imposición de ceniza en la frente (fruto de la cremación de las palmas del año pasado). Se hace como respuesta a la Palabra de Dios que nos invita a la conversión, como inicio y puerta del ayuno cuaresmal y de la marcha de preparación a la Pascua. La Cuaresma empieza con ceniza y termina con el fuego, el agua y la luz de la Vigilia Pascual. Algo debe quemarse y destruirse en nosotros -el hombre viejo- para dar lugar a la novedad de la vida pascual de Cristo.
Mientras el ministro impone la ceniza dice estas dos expresiones, alternativamente: "Arrepiéntete y cree en el Evangelio" (Cf Mc1,15) y "Acuérdate de que eres polvo y al polvo has de volver" (Cf Gén 3,19): un signo y unas palabras que expresan muy bien nuestra caducidad, nuestra conversión y aceptación del Evangelio, o sea, la novedad de vida que Cristo cada año quiere comunicarnos en la Pascua.





25 dic 2011

Educar a los jóvenes en la justicia y la paz





MENSAJE DE SU SANTIDADBENEDICTO XVI
PARA LA CELEBRACIÓN DE LA 
XLV JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ
1 DE ENERO DE 2012

EDUCAR A LOS JÓVENES EN LA JUSTICIA Y LA PAZ

1. El comienzo de un Año nuevo, don de Dios a la humanidad, es una invitación a desear a todos, con mucha confianza y afecto, que este tiempo que tenemos por delante esté marcado por la justicia y la paz.
¿Con qué actitud debemos mirar el nuevo año? En el salmo 130 encontramos una imagen muy bella. El salmista dice que el hombre de fe aguarda al Señor «más que el centinela la aurora» (v. 6), lo aguarda con una sólida esperanza, porque sabe que traerá luz, misericordia, salvación. Esta espera nace de la experiencia del pueblo elegido, el cual reconoce que Dios lo ha educado para mirar el mundo en su verdad y a no dejarse abatir por las tribulaciones. Os invito a abrir el año 2012 con dicha actitud de confianza. Es verdad que en el año que termina ha aumentado el sentimiento de frustración por la crisis que agobia a la sociedad, al mundo del trabajo y la economía; una crisis cuyas raíces son sobre todo culturales y antropológicas. Parece como si un manto de oscuridad hubiera descendido sobre nuestro tiempo y no dejara ver con claridad la luz del día.
En esta oscuridad, sin embargo, el corazón del hombre no cesa de esperar la aurora de la que habla el salmista. Se percibe de manera especialmente viva y visible en los jóvenes, y por esa razón me dirijo a ellos teniendo en cuenta la aportación que pueden y deben ofrecer a la sociedad. Así pues, quisiera presentar el Mensaje para la XLV Jornada Mundial de la Paz en una perspectiva educativa: «Educar a los jóvenes en la justicia y la paz», convencido de que ellos, con su entusiasmo y su impulso hacia los ideales, pueden ofrecer al mundo una nueva esperanza.
Mi mensaje se dirige también a los padres, las familias y a todos los estamentos educativos y formativos, así como a los responsables en los distintos ámbitos de la vida religiosa, social, política, económica, cultural y de la comunicación. Prestar atención al mundo juvenil, saber escucharlo y valorarlo, no es sólo una oportunidad, sino un deber primario de toda la sociedad, para la construcción de un futuro de justicia y de paz.
Se ha de transmitir a los jóvenes el aprecio por el valor positivo de la vida, suscitando en ellos el deseo de gastarla al servicio del bien. Éste es un deber en el que todos estamos comprometidos en primera persona.
Las preocupaciones manifestadas en estos últimos tiempos por muchos jóvenes en diversas regiones del mundo expresan el deseo de mirar con fundada esperanza el futuro. En la actualidad, muchos son los aspectos que les preocupan: el deseo de recibir una formación que los prepare con más profundidad a afrontar la realidad, la dificultad de formar una familia y encontrar un puesto estable de trabajo, la capacidad efectiva de contribuir al mundo de la política, de la cultura y de la economía, para edificar una sociedad con un rostro más humano y solidario.
Es importante que estos fermentos, y el impulso idealista que contienen, encuentren la justa atención
en todos los sectores de la sociedad. La Iglesia mira a los jóvenes con esperanza, confía en ellos y los anima a buscar la verdad, a defender el bien común, a tener una perspectiva abierta sobre el mundo y ojos capaces de ver «cosas nuevas» (Is 42,9; 48,6).

Los responsables de la educación
2. La educación es la aventura más fascinante y difícil de la vida. Educar –que viene de educere en latín– significa conducir fuera de sí mismos para introducirlos en la realidad, hacia una plenitud que hace crecer a la persona. Ese proceso se nutre del encuentro de dos libertades, la del adulto y la del joven. Requiere la responsabilidad del discípulo, que ha de estar abierto a dejarse guiar al conocimiento de la realidad, y la del educador, que debe de estar dispuesto a darse a sí mismo. Por eso, los testigos auténticos, y no simples dispensadores de reglas o informaciones, son más necesarios que nunca; testigos que sepan ver más lejos que los demás, porque su vida abarca espacios más amplios. El testigo es el primero en vivir el camino que propone.
¿Cuáles son los lugares donde madura una verdadera educación en la paz y en la justicia? Ante todo la familia, puesto que los padres son los primeros educadores. La familia es la célula originaria de la sociedad. «En la familia es donde los hijos aprenden los valores humanos y cristianos que permiten una convivencia constructiva y pacífica. En la familia es donde se aprende la solidaridad entre las generaciones, el respeto de las reglas, el perdón y la acogida del otro»[1].Ella es la primera escuela donde se recibe educación para la justicia y la paz.
Vivimos en un mundo en el que la familia, y también la misma vida, se ven constantemente amenazadas y, a veces, destrozadas. Unas condiciones de trabajo a menudo poco conciliables con las responsabilidades familiares, la preocupación por el futuro, los ritmos de vida frenéticos, la emigración en busca de un sustento adecuado, cuando no de la simple supervivencia, acaban por hacer difícil la posibilidad de asegurar a los hijos uno de los bienes más preciosos: la presencia de los padres; una presencia que les permita cada vez más compartir el camino con ellos, para poder transmitirles esa experiencia y cúmulo de certezas que se adquieren con los años, y que sólo se pueden comunicar pasando juntos el tiempo. Deseo decir a los padres que no se desanimen. Que exhorten con el ejemplo de su vida a los hijos a que pongan la esperanza ante todo en Dios, el único del que mana justicia y paz auténtica.
Quisiera dirigirme también a los responsables de las instituciones dedicadas a la educación: que vigilen con gran sentido de responsabilidad para que se respete y valore en toda circunstancia la dignidad de cada persona. Que se preocupen de que cada joven pueda descubrir la propia vocación, acompañándolo mientras hace fructificar los dones que el Señor le ha concedido. Que aseguren a las familias que sus hijos puedan tener un camino formativo que no contraste con su conciencia y principios religiosos.
Que todo ambiente educativo sea un lugar de apertura al otro y a lo transcendente; lugar de diálogo, de cohesión y de escucha, en el que el joven se sienta valorado en sus propias potencialidades y riqueza interior, y aprenda a apreciar a los hermanos. Que enseñe a gustar la alegría que brota de vivir día a día la caridad y la compasión por el prójimo, y de participar activamente en la construcción de una sociedad más humana y fraterna.
Me dirijo también a los responsables políticos, pidiéndoles que ayuden concretamente a las familias e instituciones educativas a ejercer su derecho deber de educar. Nunca debe faltar una ayuda adecuada a la maternidad y a la paternidad. Que se esfuercen para que a nadie se le niegue el derecho a la instrucción y las familias puedan elegir libremente las estructuras educativas que consideren más idóneas para el bien de sus hijos. Que trabajen para favorecer el reagrupamiento de las familias divididas por la necesidad de encontrar medios de subsistencia. Ofrezcan a los jóvenes una imagen límpida de la política, como verdadero servicio al bien de todos.
No puedo dejar de hacer un llamamiento, además, al mundo de los medios, para que den su aportación educativa. En la sociedad actual, los medios de comunicación de masa tienen un papel particular: no sólo informan, sino que también forman el espíritu de sus destinatarios y, por tanto, pueden dar una aportación notable a la educación de los jóvenes. Es importante tener presente que los lazos entre educación y comunicación son muy estrechos: en efecto, la educación se produce mediante la comunicación, que influye positiva o negativamente en la formación de la persona.
También los jóvenes han de tener el valor de vivir ante todo ellos mismos lo que piden a quienes están en su entorno. Les corresponde una gran responsabilidad: que tengan la fuerza de usar bien y conscientemente la libertad. También ellos son responsables de la propia educación y formación en la justicia y la paz.

Educar en la verdad y en la libertad
3. San Agustín se preguntaba: «Quid enim fortius desiderat anima quam veritatem? - ¿Ama algo el alma con más ardor que la verdad?»[2]. El rostro humano de una sociedad depende mucho de la contribución de la educación a mantener viva esa cuestión insoslayable. En efecto, la educación persigue la formación integral de la persona, incluida la dimensión moral y espiritual del ser, con vistas a su fin último y al bien de la sociedad de la que es miembro. Por eso, para educar en la verdad es necesario saber sobre todo quién es la persona humana, conocer su naturaleza. Contemplando la realidad que lo rodea, el salmista reflexiona: «Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que has creado. ¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano, para que de él te cuides?» (Sal 8,4-5). Ésta es la cuestión fundamental que hay que plantearse: ¿Quién es el hombre? El hombre es un ser que alberga en su corazón una sed de infinito, una sed de verdad –no parcial, sino capaz de explicar el sentido de la vida– porque ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. Así pues, reconocer con gratitud la vida como un don inestimable lleva a descubrir la propia dignidad profunda y la inviolabilidad de toda persona. Por eso, la primera educación consiste en aprender a reconocer en el hombre la imagen del Creador y, por consiguiente, a tener un profundo respeto por cada ser humano y ayudar a los otros a llevar una vida conforme a esta altísima dignidad. Nunca podemos olvidar que «el auténtico desarrollo del hombre concierne de manera unitaria a la totalidad de la persona en todas sus dimensiones»[3],incluida la trascendente, y que no se puede sacrificar a la persona para obtener un bien particular, ya sea económico o social, individual o colectivo.
Sólo en la relación con Dios comprende también el hombre el significado de la propia libertad. Y es cometido de la educación el formar en la auténtica libertad. Ésta no es la ausencia de vínculos o el dominio del libre albedrío, no es el absolutismo del yo. El hombre que cree ser absoluto, no depender de nada ni de nadie, que puede hacer todo lo que se le antoja, termina por contradecir la verdad del propio ser, perdiendo su libertad. Por el contrario, el hombre es un ser relacional, que vive en relación con los otros y, sobre todo, con Dios. La auténtica libertad nunca se puede alcanzar alejándose de Él.
La libertad es un valor precioso, pero delicado; se la puede entender y usar mal. «En la actualidad, un obstáculo particularmente insidioso para la obra educativa es la masiva presencia, en nuestra sociedad y cultura, del relativismo que, al no reconocer nada como definitivo, deja como última medida sólo el propio yo con sus caprichos; y, bajo la apariencia de la libertad, se transforma para cada uno en una prisión, porque separa al uno del otro, dejando a cada uno encerrado dentro de su propio “yo”. Por consiguiente, dentro de ese horizonte relativista no es posible una auténtica educación, pues sin la luz de la verdad, antes o después, toda persona queda condenada a dudar de la bondad de su misma vida y de las relaciones que la constituyen, de la validez de su esfuerzo por construir con los demás algo en común»[4].
Para ejercer su libertad, el hombre debe superar por tanto el horizonte del relativismo y conocer la verdad sobre sí mismo y sobre el bien y el mal. En lo más íntimo de la conciencia el hombre descubre una ley que él no se da a sí mismo, sino a la que debe obedecer y cuya voz lo llama a amar, a hacer el bien y huir del mal, a asumir la responsabilidad del bien que ha hecho y del mal que ha cometido[5].Por eso, el ejercicio de la libertad está íntimamente relacionado con la ley moral natural, que tiene un carácter universal, expresa la dignidad de toda persona, sienta la base de sus derechos y deberes fundamentales, y, por tanto, en último análisis, de la convivencia justa y pacífica entre las personas.
El uso recto de la libertad es, pues, central en la promoción de la justicia y la paz, que requieren el respeto hacia uno mismo y hacia el otro, aunque se distancie de la propia forma de ser y vivir. De esa actitud brotan los elementos sin los cuales la paz y la justicia se quedan en palabras sin contenido: la confianza recíproca, la capacidad de entablar un diálogo constructivo, la posibilidad del perdón, que tantas veces se quisiera obtener pero que cuesta conceder, la caridad recíproca, la compasión hacia los más débiles, así como la disponibilidad para el sacrificio.
Educar en la justicia
4. En nuestro mundo, en el que el valor de la persona, de su dignidad y de sus derechos, más allá de las declaraciones de intenciones, está seriamente amenazo por la extendida tendencia a recurrir exclusivamente a los criterios de utilidad, del beneficio y del tener, es importante no separar el concepto de justicia de sus raíces transcendentes. La justicia, en efecto, no es una simple convención humana, ya que lo que es justo no está determinado originariamente por la ley positiva, sino por la identidad profunda del ser humano. La visión integral del hombre es lo que permite no caer en una concepción contractualista de la justicia y abrir también para ella el horizonte de la solidaridad y del amor[6].
No podemos ignorar que ciertas corrientes de la cultura moderna, sostenida por principios económicos racionalistas e individualistas, han sustraído al concepto de justicia sus raíces transcendentes, separándolo de la caridad y la solidaridad: «La “ciudad del hombre” no se promueve sólo con relaciones de derechos y deberes sino, antes y más aún, con relaciones de gratuidad, de misericordia y de comunión. La caridad manifiesta siempre el amor de Dios también en las relaciones humanas, otorgando valor teologal y salvífico a todo compromiso por la justicia en el mundo»[7].
«Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados» (Mt5,6). Serán saciados porque tienen hambre y sed de relaciones rectas con Dios, consigo mismos, con sus hermanos y hermanas, y con toda la creación.
Educar en la paz
5. «La paz no es sólo ausencia de guerra y no se limita a asegurar el equilibrio de fuerzas adversas. La paz no puede alcanzarse en la tierra sin la salvaguardia de los bienes de las personas, la libre comunicación entre los seres humanos, el respeto de la dignidad de las personas y de los pueblos, la práctica asidua de la fraternidad»[8].La paz es fruto de la justicia y efecto de la caridad. Y es ante todo don de Dios. Los cristianos creemos que Cristo es nuestra verdadera paz: en Él, en su cruz, Dios ha reconciliado consigo al mundo y ha destruido las barreras que nos separaban a unos de otros (cf. Ef 2,14-18); en Él, hay una única familia reconciliada en el amor.
Pero la paz no es sólo un don que se recibe, sino también una obra que se ha de construir. Para ser verdaderamente constructores de la paz, debemos ser educados en la compasión, la solidaridad, la colaboración, la fraternidad; hemos de ser activos dentro de las comunidades y atentos a despertar las consciencias sobre las cuestiones nacionales e internacionales, así como sobre la importancia de buscar modos adecuados de redistribución de la riqueza, de promoción del crecimiento, de la cooperación al desarrollo y de la resolución de los conflictos. «Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios», dice Jesús en el Sermón de la Montaña (Mt5,9).
La paz para todos nace de la justicia de cada uno y ninguno puede eludir este compromiso esencial de promover la justicia, según las propias competencias y responsabilidades. Invito de modo particular a los jóvenes, que mantienen siempre viva la tensión hacia los ideales, a tener la paciencia y constancia de buscar la justicia y la paz, de cultivar el gusto por lo que es justo y verdadero, aun cuando esto pueda comportar sacrificio e ir contracorriente.
Levantar los ojos a Dios
6. Ante el difícil desafío que supone recorrer la vía de la justicia y de la paz, podemos sentirnos tentados de preguntarnos como el salmista: «Levanto mis ojos a los montes: ¿de dónde me vendrá el auxilio?» (Sal 121,1).
Deseo decir con fuerza a todos, y particularmente a los jóvenes: «No son las ideologías las que salvan el mundo, sino sólo dirigir la mirada al Dios viviente, que es nuestro creador, el garante de nuestra libertad, el garante de lo que es realmente bueno y auténtico [...], mirar a Dios, que es la medida de lo que es justo y, al mismo tiempo, es el amor eterno.
Y ¿qué puede salvarnos sino el amor?»[9]. El amor se complace en la verdad, es la fuerza que nos hace capaces de comprometernos con la verdad, la justicia, la paz, porque todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta (cf. 1 Co 13,1-13).
Queridos jóvenes, vosotros sois un don precioso para la sociedad. No os dejéis vencer por el desánimo ante las dificultades y no os entreguéis a las falsas soluciones, que con frecuencia se presentan como el camino más fácil para superar los problemas. No tengáis miedo de comprometeros, de hacer frente al esfuerzo y al sacrificio, de elegir los caminos que requieren fidelidad y constancia, humildad y dedicación. Vivid con confianza vuestra juventud y esos profundos deseos de felicidad, verdad, belleza y amor verdadero que experimentáis. Vivid con intensidad esta etapa de vuestra vida tan rica y llena de entusiasmo.
Sed conscientes de que vosotros sois un ejemplo y estímulo para los adultos, y lo seréis cuanto más os esforcéis por superar las injusticias y la corrupción, cuanto más deseéis un futuro mejor y os comprometáis en construirlo. Sed conscientes de vuestras capacidades y nunca os encerréis en vosotros mismos, sino sabed trabajar por un futuro más luminoso para todos. Nunca estáis solos. La Iglesia confía en vosotros, os sigue, os anima y desea ofreceros lo que tiene de más valor: la posibilidad de levantar los ojos hacia Dios, de encontrar a Jesucristo, Aquel que es la justicia y la paz.
A todos vosotros, hombres y mujeres preocupados por la causa de la paz. La paz no es un bien ya logrado, sino una meta a la que todos debemos aspirar. Miremos con mayor esperanza al futuro, animémonos mutuamente en nuestro camino, trabajemos para dar a nuestro mundo un rostro más humano y fraterno y sintámonos unidos en la responsabilidad respecto a las jóvenes generaciones de hoy y del mañana, particularmente en educarlas a ser pacíficas y artífices de paz. Consciente de todo ello, os envío estas reflexiones y os dirijo un llamamiento: unamos nuestras fuerzas espirituales, morales y materiales para «educar a los jóvenes en la justicia y la paz».

Vaticano, 8 de diciembre de 2011
BENEDICTUS PP XVI







Mensaje Navideño del Obispo Diocesano


Mensaje de Navidad de Monseñor Pablo Galimberti.


Que el Niño Jesús haya nacido en la noche, según el texto evangélico, tiene un significado esperanzador. Desde los inicios de la creación  oscuridad y luz son un binomio inseparable. Como el vaivén de la vida humana, entre certezas e incógnitas.    

Cuánto desearíamos que la luz de la Nochebuena trajera certezas a los legisladores para que no duden en defender la vida humana desde la concepción. La ciencia lo afirma. Salvo que sea en defensa propia, matar es una violencia que no debería quedar impune. Asombra que algunos integrantes de la comisión de salud del senado argumenten a favor de  “permitir” matar vidas humanas hasta la semana duodécima. ¡Lógica absurda, que lo que un día es lícito al día siguiente sea asesinato! ¿Acaso no era vida humana 24 horas antes?

Cuando se viola el primero de los derechos, nacer, los demás palidecen. ¿Entenderá un niño que no debe matar a palos a un perro? Comparado con una vida humana que se elimina fácilmente, verá esto como un juego inocente! Además, un niño pequeño conoce intuitivamente, después que su mamá le hace ver una ecografía, que pronto se agrandará la familia. 

Hay una historia que se repite. Cuando el nacimiento de Jesús, rey, llegó a oídos del macabro Herodes, que había asesinado, entre muchos, a su esposa, a su madre, a su hijo mayor y a dos hijos de éste, ordenó matar a todos los niños de dos años para abajo en Belén y alrededores. Cuando prevalecen los totalitarismos ideológicos, la vida humana vale poco o nada, la ciencia no sirve y las declaraciones y convenciones de derechos son letra muerta.

La misma historia. No faltan lugares para divertirnos. Pero para una madre embarazada los brazos de una sociedad envejecida se encogen. Al niño más esperado en la historia del pueblo elegido no lo reconocieron. Todos esperamos a Dios, al Mesías, pero ¡que avise el día, la hora y el modo en que va a llegar! De  lo contrario, será ignorado y hasta perseguido y crucificado.

¡Qué extraño! El Dios de los cristianos, todopoderoso, se hace pequeño, vulnerable y mendiga nuestro amor. No entra al mundo con la parafernalia de un show televisivo sino en la noche oscura y con olor de animales. Hay silencios que hablan y que no conviene tapar con estruendosos ruidos, como los de algunos espectáculos deportivos de donde se sale aturdido por las bombas.  

Días de movimiento, despedidas, encuentros familiares y emociones.  Pero oportunidad para cada uno, de escuchar a quien pide un lugar porque quiere nacer, mirar y escuchar, sonreír y llorar. Hoy enseña con su vida, mañana lo hará también con su palabra y sus milagros, mostrando que es el Hijo de Dios.

Extraño este mundo del revés: Dios no atropella; algunos imaginan que puso en marcha el mundo y ahora descansa como un anciano de barba blanca. A veces nos preguntamos por qué no interviene cuando muere gente por hambrunas y guerras, cuando niños inocentes son asesinados antes de nacer, cuando la violencia golpea a mujeres o cuando en un matrimonio el amor se enfría y cada uno arranca para su lado…

Días navideños en que aumenta la agitación y aparecen ausencias y nostalgias y hasta nos brota una lágrima ante un pesebre, o revivido por la magia ingenua de los niños, o al escuchar una melodía navideña.  

Tanta pureza en tanto barro. Tanta paz entre tantos conflictos. Tanta verdad junto a tantas mentiras, las de cada uno en primer lugar.

Jesús mendiga un lugar para nacer. Lo percibimos quizás al llevar la mano al corazón donde asoman rostros en el espejo del alma. Quizás comprobemos su ausencia o lejanía y la necesidad de hacerlos presentes, mediante el agradecimiento o el perdón, como vivencia entrañable de tantas Nochebuenas felices.   

Cada Navidad es una oportunidad en la vida. ¡Feliz noche mala que se vuelve buena! Agarremos esa mano, está desarmada, es de un niño; dejémonos mirar por ese mendigo que se nos acerca. El cuenta conmigo para lavar la cara y el corazón al mundo, que a veces funciona como máquina trituradora pero necesita un abrazo de paz!

Feliz Nacimiento del rostro luminoso y la mano amistosa que invitan a la alegría porque ha nacido el Salvador!   





18 dic 2011

Las "grietas" de un caño



Columna del Obispo Diocesano, Mons. Pablo Galimberti

Un recorrido al año que termina es como un paisaje de luces y sombras, al estilo de las pinturas de Rembrandt. Y si con artimañas lográramos borrar las sombras, resultaría un cuadro sin contrastes, carente de misterio, belleza y profundidad. 
A esas sombras que caminaron con nosotros durante este año, propongo llamarlas “grietas”: la magia del cuento “las dos vasijas y el aguatero” nos guiará.  

“Un aguatero tenía dos grandes vasijas que colgaba en los extremos de un palo y que, a la manera de un yugo, cargaba sobre los hombros. Una tenía varias grietas por las que se escapaba el agua, de modo que al final de un camino sólo conservaba la mitad, mientras que la otra era perfecta y mantenía intacto su contenido. Esto sucedía diariamente.
La vasija sin grietas estaba muy orgullosa de sus logros pues se sabía idónea para los fines para los que había sido moldeada. Pero la vasija agrietada se lamentaba por su defecto que le impedía cumplir correctamente con su tarea. Y al cabo de dos años le dijo al aguatero:

-Estoy avergonzada y me quiero disculpar contigo porque debido a mis grietas sólo obtienes la mitad del dinero que deberías recibir por tu trabajo.

El aguatero le contestó: Cuando regresemos a casa quiero que notes las bellísimas flores que crecen a lo largo del camino.

Así lo hizo la vasija y pudo comprobar, efectivamente, muchas flores hermosas al borde del sendero; pero siguió sintiéndose apenada porque al final del trayecto diario sólo guardaba dentro de sí la mitad del agua con que la habían llenado.

El aguatero le dijo entonces:

-¿Te diste cuenta que las flores sólo crecen en tu lado del camino? Quise sacar el lado positivo de tus grietas y sembré semillas de flores. Todos los días las has regado y durante dos años yo he podido recogerlas. Si no fueras como eres, con tu capacidad y tus límites, no hubiera sido posible crear esa belleza.
Todos somos vasijas agrietadas, pero siempre existe la posibilidad de aprovechar las grietas para obtener frutos inesperados”. Hasta aquí el cuento.

Las dos vasijas son como nuestras dos caras. Nos molesta el lado oscuro cuando lo vemos sólo como desgracia, carencia, molestias, miedos, metas no alcanzadas o tropiezos. Fácilmente cedemos ante la presión de la sociedad competitiva, que alienta el éxito inmediato y maquillamos las grietas personales. A la tela de Rembrandt le suprimimos las sombras. Pero ¿qué pasaría si con humildad y valentía no sólo las aceptamos sino que comprobamos que además riegan flores? A veces, a causa de una perspectiva económica y narcisista, a la hora del balance de la vida y sus peripecias durante un año, atendemos a los logros económicos o materiales, sin percibir ni adivinar el valor y la belleza de las pequeñas cosas diarias que crecen en nosotros y en nuestro entorno. Quizás creció la paciencia o el amor a nuestras íntimas aspiraciones, en el matrimonio, en la propia familia o en el trabajo.

El cuento nos permite aproximarnos, con ojos nuevos, al acontecimiento del pesebre navideño. Entre límites y asperezas, animales, olores y frío invernal, cuánta dignidad y tesoros ocultos, cuánta paz y serenidad. El Niño, Hijo de Dios, abraza mi arcilla y mis grietas, la tierra oscura y rebelde. En ese pesebre duerme y respira el mundo reconciliado.

En ese niño débil está la fuerza que lo sostiene; en ese lugar marginal nace el abrazo que reconcilia al universo. Ese niño frágil que “en sus bracitos lleva una cruz” aligera nuestras cruces, molestas y amargas, para cambiarlas en cruces de amor, fidelidad, solidaridad y perdón.

El Sabio aguatero, conocedor de nuestras vacilaciones y talentos,  siembra semillas y oportunidades para que, sin llevar la cuenta,  cultivemos un mundo más armonioso. Donde el consumo desenfrenado no inspire la convivencia, donde la ecología ambiental vaya de la mano con la ecología humana, donde la Sabiduría del aguatero devuelva la sonrisa a los corazones tristes y culpabilizados, haciendo crecer flores que alivian fatigas.  

Que el Niño ensanche la capacidad de ayudar y transformar en flores las vasijas agrietadas de los que están a nuestro lado.

Columna publicada en el Diario “Cambio” del 16 de diciembre de 2011