7 may. 2013

EL CAMINO DE FE DE MARIA

El camino de FE de María

 Material extraído de MAUXI

mes de mara

Aunque el dato es obvio, uno no siempre cae en la cuenta: el NT presta escasa atención a María, la virgen de Nazaret (Lc 1,26-27), la madre de Jesús (Jn 2,1). Resulta notorio el desequilibrio que existe entre la veneración entusiasmada que la iglesia tributa a la madre de Dios y el tratamiento esporádico que su figura histórica ha recibido en la tradición evangélica. El hecho, si advertido, da que pensar.
No son pocos los cristianos que quedan sorprendidos, si es que no defraudados, cuando se percatan de la escasa atención que presta a María la Palabra de Dios. Pasan por alto dos hechos, que - más que explicar tal desinterés - ayudan a centrar la devoción por la madre de Jesús en el corazón mismo del evangelio.

(descarga aquí una oración-reflexión para su mes)

No puede ser casual que hayan sido los evangelios los únicos libros del NT que nos recuerdan a María y su aventura de fe. No podía haber quedado la evocación canónica de María mejor colocada; allí donde los primeros testigos recogieron cuanto sabían sobre "todas las cosas que Jesús desde un principio hizo y enseñó" (Hch 1,1), no pudo faltar María. La memoria apostólica de Jesús ha rescatado - ¡y para siempre! - del olvido a María. Por sobria que se nos antoje su presencia en la tradición apostólica o poco relevante el papel que allí se le asigna, el hecho es que ello mismo obliga a mantener cercano al Cristo del evangelio a quienes deseen acercarse a la virgen de Nazaret. Lo que significa que para ser, en verdad, mariano, el creyente ha de ser más evangélico.

 No es fruto del azar, tampoco, el que hayan sido Lucas y Juan los dos evangelistas más recientes, los más próximos a nosotros – es un decir – y más alejados de los hechos que narran, quienes nos han transmitido, más que retrato de su persona, un esbozo de su aventura de fe. Cuanto más débil se estaba haciendo la memoria apostólica, más nítida aparece en ella la figura de María; cuanto más probada la fidelidad de las comunidades cristianas, más modélica la peregrinación creyente de María (Lucas) y más eficaz su acompañamiento en la vida de fe de los discípulos de su Hijo (Juan). Las primeras generaciones cristianas que descubrieron a María como creyente ejemplar y madre de discípulos fieles, vivían acosadas en su fe y tentadas por el aparente abandono de su Señor. Su devoción por María no fue pasatiempo inútil ni juego de sentimientos; fue, y debería seguir siéndolo hoy, ocupación para tiempos difíciles.

El camino mariano hacia la fe

Pues bien, si es evidente que la vinculación con Jesús define a María dentro de la tradición evangélica, no es menos obvio que esta relación no permaneció indiferenciada a lo largo de la vida de Jesús. Fue, lógicamente, más estrecha en los inicios, antes y después del nacimiento, poco familiar durante la época del ministerio público, y apenas si hubo algún contacto en los momentos finales, durante la semana de su pasión y resurrección.

El camino de fe de María pasó, pues, por diversas fases que dependieron más de la vida de Jesús y sus urgencias que de las necesidades de María o de sus expectativas; cada paso que María daba en su peregrinación como creyente estaba determinado por las exigencias de su Dios. Pero todos los pasos tuvieron un lugar de realización; la experiencia mariana de Dios fue siempre una experiencia situada en un espacio de su tierra, en un momento de su vida: hacer a Dios propia carne no la obligó a hacerlo fuera de sí y de los suyos; hacerlo hijo de su entraña no le impuso hacerlo ajeno a su hogar. El Dios de María es siempre un Dios compatriota, porque comparte vida y patria, salvación y casa. Lejos de la propia tierra y de la existencia propia, no se contacta con un Dios que lo es junto a nosotros, allí donde estemos: Emmanuel fue el nombre del hijo de María, del hijo de Dios (Mt 1,23).

No es sano método inventar hoy lo que la tradición quiso callar, aunque haya dejado algo desdibujada la imagen bíblica de María. Cuanto mayor respeto nos merezca la versión apostólica del peregrinaje mariano de fe, tanto mejor es su enseñanza y tanto mayor será nuestra cercanía a su aventura real. De poco sirve dejar hablar al corazón, por piadoso y bienintencionado que esté, cuando ya ha hablado Dios.

La María del NT, es decir, la virgen de Nazaret fue mujer de fe. Es la creyente que, evangelizada antes de que naciera el evangelio de Dios, lleva la salvación a quien se pone a servir tras declararse sierva sólo de Dios. En el servicio al prójimo encuentra la ocasión de su oración, que publica su propia experiencia de Dios; experta en el Dios al que ha dado cobijo en su seno, se convierte, orando, en profeta. En el momento de alumbrar al hijo que fue posible por su fe, lo que de él se decía la sume en la incomprensión; cuanto más se le anuncia el porvenir de su hijo, menos coincide con cuanto se le había predicho para lograr su consentimiento primero. Tendrá que iniciar un camino durante el cual crece Dios en su hijo y la oscuridad en su corazón. La pérdida de Jesús niño en el templo es signo premonitorio de una vía aún más doloro­sa: tendrá que convivir en casa con un hijo que se sabe de Dios, pero que le está su­jeto por un tiempo. El distanciamiento – efectivo y afectivo – se hará palpable, cuando Jesús deje el hogar para tener el reino como tarea de por vida; Jesús elige como familia propia a los oyentes de Dios..., ¡en presencia de su madre y sus hermanos!. Y antes de morir, y sin pedirles su consentimiento y sí obediencia, dejará a la madre al cuidado del discípulo más amado. En su última aparición dentro del NT, María se queda compartiendo esperas y oración con los apóstoles; la comunidad apostólica en oración es la meta de su peregrinar: lo que se inició en Nazaret, en medio de un diálogo a solas con un ángel, termina en Jerusalén en medio de apóstoles orantes y expectantes.

Semejante aventura personal de fe hace a la María del NT la mejor pedagoga para infancias, la de Jesús, la de la fe de los discípulos, la de la comunidad cristiana. María pertenece allí donde haya de nacer el Salvador, o donde se precise cuidar sus primeros pasos viéndolo crecer. Habría que recuperar, pues, a María, la del NT, allí donde se quiere anunciar hoy la salvación y vivir de su evangelio. María pertenece allí donde haya de nacer la fe en el corazón de los discípulos, aunque sea a costa de anticipar el día del Señor y su gloria. Quienes siguen a Jesús hoy necesitan tener a María como compañera de vida si quieren, curándose de su curiosidad, convertirse en creyentes. María pertenece allí donde nace la iglesia, llena de miedos y de esperanzas, en ora­ción y entre apóstoles. Huérfana de María, no podría una comunidad que se sabe en­viada al mundo soportar la espera del Espíritu sin perder la esperanza.

Selección de textos del artículo María de Nazaret, mujer de fe. Estaciones de su camino de fe. del P. Juan José Bartolomé sdb (2004)